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JUEVES 23 ABRIL

TOROS DE VICTORINO MARTÍN


MORANTE DE LA PUEBLA
Y
MANUEL JESÚS "EL CID"


Meteo: Tarde calurosa y lleno de no hay billetes. La reventa por las nubes, pero sin llover y sin toreo.
Toros de Victorino Martín, justos y desiguales de presencia y comportamiento.

Morante; silencio, silencio y leves pitos y palmas.
El Cid; silencio, ovación y silencio


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CRÓNICA DE ANTONIO GIROL

Incomprensible. Esa es la palabra que más me ronda ahora mismo, después de
presenciar la llamada corrida estrella de la Feria 2009, por la cabeza.

Incomprensible porque no logro comprender cómo un tipo como Victorino, que
conoce como pocos su casa, manda un encierro tan impropio de su hierro a
la corrida que más focos va a tener de las que ha mandado a Sevilla desde
su debut en 1996.

Incomprensible que los equipos veterinarios de una plaza de primera de la
categoría de La Maestranza. Sí, han leído ustedes bien, La Maestranza,
hayan aprobado un lote de toros con tan poco trapío, tan escurridos, tan
mal rematados por atrás, donde el segundo destacó por encima del resto, en
mal presentado, claro.

Incomprensible que los aficionados que poblaban las gradas, algunos
pagando auténticos disparates en reventa, no hayan montado la del siglo
durante las dos horas largas que ha durado aquello, me niego a llamarlo
festejo.

Y después de esto uno se pregunta ¿qué les cuento a ustedes? ¿Cómo se
puede hacer con tan pocos mimbres, y encima malos, un cesto donde recoger
las palabras que testimonien lo que hoy ha pasado en el Coso del
Baratillo? Pues habrá que atarse los machos y emular a Morante y El Cid
para cubrir el expediente...

Comencemos con una de esas florituras retóricas apropiadas para festejos,
perdón, para tardes como estas. Así, y no miento en ello, podríamos decir
que la tarde era de una expectación tremenda, donde se mezclaban
aficionados deseosos de paladear faenas imperecederas en la memoria con un
montón de figurones, y no me refiero a toreros precisamente, que más que a
ver iban, como en ellos es habitual, a dejarse ver.

En el patio de caballos, concentrados, Morante y El Cid esperaban,
elegantemente vestidos. José Antonio había elegido un terno grosella y
azabache y Manuel Jesús se había decantado por el blanco, en esta ocasión
bordado con hilo de oro.

Arrancó el festejo y salió el primero, paradójicamente en los libros de la
ganadería había recibido el nombre de Estupendo. Y de admirable, asombroso
o pasmoso, no tuvo ni la estampa. Morante lo recibió de capote, a la
antigua usanza, sobre las piernas, en unos lances que de haberse
inmortalizado en sepia nos hubiesen trasportado a otros tiempos y fechas.
Ya en los capotazos para llevarlo al caballo puede empezar a vislumbrarse
qué va hacer el animal en la muleta: frenazos y más frenazos. Podríamos
seguir por esta senda y empezar a resaltar aspectos negativos, pero ¡basta
ya!, bastante hemos tenido que aguantar durante toda la tarde para
continuar echando sal en la herida, de ahí que vaya a optar por reseñar
aquello que sí valió la pena.

De Morante me quedo con ese saludo añejo al que me he referido. Pero sobre
todo con el recibo capotero al quinto de la tarde, meciendo los brazos,
ganando pasos al toro hasta dejarlo en la boca de riego con un legible
"tus muertos". No creo que a un toro de Victorino alguien lo haya lanceado
de capote con esas hechuras de toreo caro, lo que demuestra que todos esos
papanatas que se empeñan en decir que los albaserradas no se les puede
veroniquear no son más que eso: pa-pa-na-tas Y luego, que hoy día como
Morante hay pocos toreros que sepan mover los brazos en la verónicas de
recibo. Estaba espoleado el de la Puebla por el quite del cuarto, en el
que el de Salteras le había mojado claramente la oreja. Los espíritus
alicaídos de los que estaban en la plaza y de los que veían por televisión
se vinieron arriba, y un chispazo de gozo cruzó de este a oeste cuando con
la muleta a dos manos, Morante, acariciaba barriendo el lomo de
"Portusuerte". ¿Habría suerte? La pregunta tuvo rápida respuesta cuando el
toro se venció en el primer pase de pecho y la faena se volvió glacial. Y
ahí se acabó el embrujo que había empezado a nacer en un ramillete de
verónicas aladas.

Conclusión: Muchos se preguntaban si Morante sería capaz de lidiar una
corrida de Victorino, en mi opinión no sólo es capaz de lidiar sino que es
capaz además de torearla. Ojalá haya otra oportunidad de verle con estos
toros, o mejor dicho, con toros de Victorino de verdad y no con lo que hoy
ha mandado desde Moraleja, en la provincia de Cáceres, que por no tener no
han tenido ni ganas de coger, salvo el sexto.

Apostar por El Cid era hacerlo a carta segura. Manuel conoce a estos toros
como ningún otro torero los ha conocido jamás. Y esta tarde ha escrito una
nueva página en su historia particular. Ni uno de sus tres oponentes han
valido para que Manuel Jesús cincelase con su poderosa mano izquierda una
de esas obras de arte que ejecuta con precisión milimétrica. En el
capítulo que hoy ha escrito  le ha tocado redactar que en Las Tiesas
también hay toros que no humillan, que no surcan el albero con el hocico.
Y así es imposible crear. Lo más destacable el quite al cuarto,
arrebatado, con dos y media provoca el alboroto. Luego con la muleta poco
o nada ha podido hacer ante los dos primeros, gazapones y reponedores. En
su segundo no acabó de levantar una faena donde el público empujó más que
el victorino. Y en el sexto bis. Sí, han leído ustedes bien, hubo un bis,
atrás quedaron los años en que el de Galapagar no embarcaba más que a seis
de los suyos. Ese sobrero, que salió distraído y que conforme fue
desarrollándose la faena ganó en sentido se produjo el susto de la tarde,
cuando El Cid sufrió una tremenda voltereta, que pudo pasar a mayores al
hacer  el toro  hilo y prender al torero de la axila. Afortunadamente no
hubo que lamentar más que el susto.

Hubo momentos en los que imaginé que así serían aquellas corridas de las
que hablan los viejos libros de historia taurina donde lo único
destacable, y por lo que se pagaba la entrada, era aquello que se hacía
con el capote, sobre todo en quites, y la muleta sólo era un mero trámite
para preparar la muerte. Claro que entonces la lidia se basaba en el
caballo y hoy se ha picado rematadamente mal. Ni un sólo puyazo en su
sitio, la mayoría traseros. Puede parecer insignificante el dato, pero de
una buena suerte de varas a una mala puede variar mucho que un toro tenga
un comportamiento distinto en la muleta..

En fin, que una vez más se cumple el viejo axioma de tarde de
expectación...ya saben.

Hemos gastado el cohete gordo de la traca y no ha explotado, esperemos que
los medianos retumben fuerte...Comenzaremos a comprobarlo mañana.

Antonio Girol www.gentetorera.es